Crónicas de mi viaje por las Misiones

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Crónicas de mi viaje por las Misiones

Hugo maneja por la Ruta 12 con tranquilidad, respetando las señales de tránsito (todas), mientras habla con tonada de estereotipo misionero acerca de los excesos de los jóvenes en la Nochevieja y de los accidentes viales que ocurren cada año en la zona. La noche es oscura, la ruta tiene algo de iluminación, pero la selva es frondosa y prevalecen las sombras. Después de un viaje de unos treinta minutos, el taxi que me fue a buscar al Aeropuerto me deja en la puerta del hotel en Puerto Iguazú.

El hotel es precioso, bien metido en el monte, con cabañas dispuestas de forma concéntrica. El chico que nos atiende (de unos 25 años), no tiene buena cara y no le pone calidad servicial a la recepción. Es entendible, claro: son las 2 de la mañana del 25 de diciembre, por lo que debemos ser los únicos (mi familia y yo) en hacer el check in en estos momentos. Vamos a la habitación 19 y nos disponemos a descansar después de un turbulento viaje en el cual el avión no pudo estabilizar más de un par de minutos.

Misiones es la tercera provincia más chica del país en geografía, tras Tucumán y Tierra del Fuego, con poco más de 29 mil kilómetros cuadrados. Tiene una superficie comparable a la civilizada Bélgica o la joven Lesoto en África. Es más grande que Armenia, Haití, Eslovenia o Catar (es casi tres veces Catar). No obstante, las comparaciones por población sorprenden: con 1.280.960 habitantes según el censo del INDEC de 2022, es casi nueve veces menos que los belgas (11.522.000 por censo de 2021). En densidad por habitante, Catar cuenta 176 pobladores por kilómetro cuadrado y Armenia 101,5, en tanto en la provincia argentina es de apenas 39,91.

El paseo turístico me va a llevar por las diversas bellezas que tiene la naturaleza aquí. Porque el argentino está orgulloso de sus monumentos naturales: “las Cataratas del Iguazú, el Glaciar Perito Moreno, las sierras de Córdoba, el Cerro de los Siete Colores en Jujuy”, enumeramos con fervor. Mientras que otros países hacen ostentan los logros de la civilización (la Ciudad de Nueva York y su cosmopolitismo, Las Vegas como ejemplo de una ciudad construida en el desierto, las ruinas del Hombre en la Vieja Europa o la Gran Muralla creada para contener a los mongoles), el argentino es un hombre que está orgulloso de lo que Dios le dio… mucho más de lo que logró hacer él con sus manos.

Pero, a la hora de elegir dónde vivir, el argentino se concentra en ciudades con gas natural y agua potable. En Puerto Iguazú hay ambas, pero para el turista. Cuando uno se aparta de la Avenida Brasil o de la Avenida Victoria Aguirre, la iluminación de las calles se reduce de 4 o 5 faroles por cuadra a ninguno. “Si te vas para allá” (me dice Hugo y mueve la cabeza hacia el lado oeste de la ciudad) “no tenés agua potable, tenés muchos problemas de agua y de iluminación”. Lo pude ver con mis ojos, el tema de la luz principalmente, en uno de los recorridos. “Por eso me mudé a Puerto Esperanza, que mi mamá es de allá; mi mamá es de allá y mi papá de Puerto Iguazú, pero decidí que se vivía mejor allá por el tema seguridad vió”, me agrega Hugo, el chofer del taxi, que no puede más de amable y de idealista.

Me cuenta también de su proyecto futbolístico en un club de Esperanza, donde junta chicos del pueblo, entrenan y compiten en la liga regional. Que han ido a jugar a Brasil, que hay chicos que tienen talento. Habla de sus guríes, sus hijos, de 8 y 12, y se enorgullece. Hugo es un laburante de verdad; uno de estos cientos de taxistas que llevan y traen turistas en la zona, laburando las rutas y calles a diez horas por día. Me hace acordar al término de “argentinos de bien” que está en boga estos días: un tipo que labura, que la busca, que da un servicio, que quiere cumplir las reglas, que cree en Dios (o algo parecido) y cuida a su familia por sobre todas las cosas.

Especulamos un poco con lo que puede llegar a ser esta temporada turística mientras viajamos, con el tipo de cambio que se fue alto y los muchos compatriotas que tal vez decidan volcar sus salidas vacacionales dentro del país y no en el exterior donde todo es caro. La industria del turismo es la principal actividad económica de la provincia. Según datos del Ministerio de Turismo de Misiones, a octubre ya había dejado más de 420 millones de pesos, manteniendo alrededor de 30.000 empleos directos, producto de un millón y medio de visitantes. El origen de los mismos es mayormente el resto del país (72%), seguido por Brasil, Paraguay y Uruguay (23%).

Aunque estos datos son anteriores a la devaluación del comienzo del gobierno de Javier Milei que volvió a la Argentina aún más ventajosa para los turistas extranjeros. Falta darse una vuelta sólo por el free shop en la frontera con Brasil o recorrer un poco la ciudad para identificar que, por momentos, parece haber más brasileños que argentinos en Puerto Iguazú. Y no sólo es cantidad: vienen y compran todo lo que pueden y les conviene comprar, con reales que pasan a dólar y dólar que convierten a la cotización libre.

Pero no sólo de compras vive el Hombre. Las Cataratas, las Ruinas de San Ignacio, Posadas, las minas que ya no utiliza la Compañía Minera de Wanda; todo lugar turístico es apetecible para el aluvión de viajeros que viene desde el país vecino. De Paraguay también se escuchan tonadas y se ven patentes de auto, pero el paraguayo no suele venir tanto, me dicen. “Es que allá es todo muy barato”, me explican, y luego entenderé mejor. En Paraguay hay muy pocos impuestos, pero no hay servicios públicos de calidad: es decir, todo lo contrario a Argentina. El negocio para muchos de ellos es comprar allá, pero utilizar los servicios públicos acá.

Quiero ver una plantación yerbatera pero no puedo. No tengo suerte, o no quieren que vaya. Tendré que contentarme con hacer una compra de turista burgués en alguno de los comercios que venden las yerbas de las cooperativas o pymes familiares que la producen.

Cuenta la leyenda, que una de esas tribus que habíase detenido en las laderas de las sierras donde tiene sus fuentes el Tabay, dejó después de breve estada el lugar, y siguió su marcha a través de las fondas.

Un viejo indio, agobiado por el peso de los años, no pudo seguir a los que partieron obedeciendo el espíritu errante de la raza, quedando en el refugio de la selva, en compañía de si hija, la hermosa Yaríi.

Una tarde, cuando el sol desde el otro lado de la selva se despedía con sus últimos fulgores, llegó hasta la humilde vivienda un personaje, que por su color de piel y por su rara indumentaria no parecía ser oriundo de esos lares.

Arrimó el viejito del rancho un acutí (roedor de la zona) al fuego, y ofreció su sabrosa carne al visitante. El más preciado plato de los guaraníes, el tambú, brindó también el dueño de casa a su huésped.

Al recibir tan cálidas demostraciones de hospitalidad, quiso el visitante, que no era otro que un enviado de Tupá, recompensar a los generosos moradores de la vivienda, proporcionándoles el medio para que pudieran ofrecer generoso agasajo a sus huéspedes, y para aliviar también sus largas horas de soledad en el escondido refugio situado en la cabecera del hermoso arroyo.

E hizo brotar una nueva planta en la selva, nombrando a Yaríi, Diosa protectora, y a su padre, custodia de la misma, enseñándoles a “sapecar” sus ramas al fuego, y a preparar la amarga y exquisita infusión, que constituiría la delicia de todos los visitantes de los hogares misioneros.

Y bajo la tierna protección de la joven, que fue desde entonces la Caá-Yaríi (Diosa protectora de los yerbales), y bajo la severa vigilancia del viejo indio, que fue el Caá-Yara (Dios proyector), crece lozana y hermosa la nueva planta, con cuyas hojas y tallos se prepara el mate, que es hoy la más genuina expresión de la hospitalidad criolla. (Mitos y Leyendas, un viaje por la región guaraní. Rosita Escalada Salvo, Olga Zamboni. Editorial Universitaria, Universidad Nacional de Misiones).

En las minas de Wanda se aprende mucho sobre otra actividad económica que apuntala a Misiones: la minería de piedras preciosas. Es un sitio recomendable para conocer y aprender. En el camino se ven de los muchos pueblos misioneros (del blanco europeo y del aborigen que mantiene como puede sus culturas). En los primeros, se ve mucha presencia de lo público, pero no siempre en las mejores condiciones. “Esto lo mantiene la Provincia” me dice Hugo al pasar; “es muy importante la coparticipación para esto, si no la tenemos no se puede mantener” me dice.

Me llama la atención que me hable de eso, como si quisiera meterse en el tema de la política. Hablamos un poco; él no está politizado. O mejor dicho, no tiene ideología: es como si repitiera un mantra que le han dicho, pero no está muy seguro de qué está diciendo. El tema de la coparticipación es tan complejo en Argentina. Misiones es la séptima provincia de arriba hacia abajo en cuanto a las que reciben más de lo que recaudan. Recibe 248 pesos por cada 100 recaudados: sólo la superan Formosa ($ 551), Catamarca ($ 425), La Rioja ($ 316), Chaco ($ 291), Corrientes ($ 267) y Jujuy ($ 263), según datos publicados por el sitio web Chequeado.com en octubre de 2023.

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En la TV, un periodista en un canal de aire dice que ir contra la coparticipación es ir contra el federalismo, justamente. Me pregunto cuánta autonomía de decisión se tiene cuando es uno a 1.000 kilómetros el que decide hasta cuánto dinero podés gastar.

Ahora, también es cierto que el 80% de las reservas ecológicas del país están en Misiones y que alrededor del 40% del territorio misionero es Parque Nacional. Y que de lo segundo uno entiende el mencionado federalismo y sus responsabilidades: pero muchas veces el planteo de que se designe desde Buenos Aires territorio protegido a cierta área y que se le prive a la provincia de su usufructo, es un impacto importante en la economía regional. La región pampeana no es Parque Nacional: si lo fuera, la Provincia de Axel Kicillof produciría mucho menos de lo que lo hace actualmente.

Muy probablemente sea por eso que el turismo es una de las principales vetas que le encontraron los misioneros a su patrimonio natural para obtener algo de él – que puedan usufructuar en la modernidad, hay que decirlo. Aunque, lamentablemente para ellos, ésta sea una industria, un sector, un poco concentrado en los amigos del poder: la concesión de las Cataratas del Iguazú está en manos de Maurice Closs, ex gobernador de Misiones, desde hace más de 20 años, algo que el ahora diputado por Unión por la Patria de origen radical se aseguró de prorrogar cuando estuvo en el poder antes de dar lugar a otro, en el año 2015, a sólo meses de la nueva elección.

“El reparto vigente de la facturación generada por las Cataratas, dispone que 27,5% del total quede para la Administración de Parques Nacionales y el 7% del total vaya a las arcas del gobierno de la Provincia de Misiones (de este 7%, un 3,5% es para el Ente Municipal de Turismo de Iguazú). El restante 62,5% se lo queda la UTE del ex gobernador Maurice Closs, uno de los principales empresarios del rubro turístico de Misiones, y, por si fuera poco, proveedor de combustible para el Estado provincial (a través de Petrovalle)” explica el portal local Misiones Cuatro. En Misiones, hay negocios que funcionan y otros que no; lo que no falla es el negocio del Estado, como en todo el país.

Al recorrer en catamarán el Paraná, experiencia que ya había tenido previamente, vuelvo a comprender las canciones de Teresa Parodi. Y las vuelvo a encontrar tan bellas.

“Yo estoy muy feliz acá” me comenta el mozo de la parrilla. “Soy de Iguazú, no me veo viviendo en otro lado”, me dice. Tiene unos 20 años y es muy servicial. Luego me cuenta de varios amigos que se fueron a Buenos Aires y ahora viven y trabajan allá. Él me dice Buenos Aires, pero después me dice que viven en Bosques, o en San Martín, o en Wilde. Y trabajan de mozos igual que él; y ganan lo mismo o menos que él: pero viven en Buenos Aires.

“Un mozo está sacando unos 150.000 pesos por mes” me dice; “pero lo que más importa son las propinas”. Ésas se toman en pesos, reales, guaraníes, dólares. Pero, en general, estos últimos tiempos va regularmente lo primero, ya que muchos extranjeros se han dado cuenta de que les conviene convertir al ARS en una cueva y no comprar y que se convierta al debitar al tipo de cambio oficial.

El mozo, al igual que Hugo, es curiosamente hincha de Racing. No de Crucero del Norte, ni del Inter de Porto Alegre ni de uno de los varios clubes de Puerto Iguazú: de Racing. Y es una rareza, porque la mayoría aquí se divide, como en toda Argentina, entre Boca y River. La patria de elegir un equipo de tu país; pero no la de elegir uno de tu terruño.

Me repito. Una de esas noches me pude escapar a escuchar unos chamamés en vivo, en un barcito de por ahí. Sigue siendo, a juicio de este humilde escribidor, la música más conmovedora de estas tierras.

En un libro con un espíritu muy similar a éste ensayo, el periodista Martín Caparros (El Interior, 2014) se preguntaba qué es la patria: en qué estamos unidos el joven mozo de 20 y cortos años de Iguazú, el aborigen que vende frutas al lado del camino, el dueño de la empresa que explota las Cataratas, el productor de manzanas del Alto Valle del Río Negro, el CEO de una startup en el microcentro porteño y yo. Tal vez la patria es sólo una idea, se me ocurre; una idea que tuvieron 30 “tipos” hace 200 años y apostaron mucho por llevarla al plano real. Y nos convencieron, y nos fuimos convenciendo. “¿Vale Roma la vida de un hombre?”

Caparros define bien al país, cuando dice que están las provincias que hicieron al país, y las provincias que hizo el país. En el caso de Misiones, es una de las pocas que cuesta encuadrar: la región existió desde siempre, siendo una de las más antiguas con presencia nativa y española. Las ruinas de San Ignacio, las imponentes ruinas de San Ignacio, nos muestran lo que quedó de una las pocas experiencias socialistas de la modernidad – juzgará el lector como terminó el experimente. Sin embargo, no fue una parte del país propiamente dicho, hasta que la terrible Guerra de la Triple Alianza la terminó de consolidar como un territorio argentino – y aquí se nos abre un gran debate sobre esa oscura parte de la historia nacional.

“Perdimos Uruguay, perdimos Bolivia, perdimos gran parte de la Patagonia chilena. Los argentinos somos unos boludos” he escuchado esto tantas veces. Un pensamiento que no tiene ningún rigor histórico: nunca fueron de Argentina esos territorios, como no lo fue Córdoba o Entre Ríos, si es que no hubieran decidido pertenecer, conformar; o como no lo fue Misiones, sino íbamos a la guerra contra el Paraguay aliados con Brasil y Uruguay por motivos confusos; o como no lo fue Santa Cruz o Tierra del Fuego, sino fuera por Roca y su campaña visionaria.

Uno camina por las ruinas y siente el peso del calor y de la humedad y de los mosquitos. El lugar es enorme. Repleto de símbolos. Los informes revelan la sólida estructura social que habían montado, con padres jesuitas y caciques a la cabeza. Está claro que era una Comunidad: y como toda comunidad de iguales, había hombres más iguales que otros.

“Todos los animales son iguales; pero algunos son más iguales que otros” (George Orwell, Rebelión en la granja)

Pienso en las jerarquías de las comunidades jesuitas: las veo, que quieren que les diga, TAN parecidas al peronismo. El General estuvo en Misiones; en La Novela de Perón, de Tomás Eloy Martínez, esto se cuenta muy bien. Y, de hecho, actualmente se desempeña el décimo gobernador consecutivo del PJ y aliados – y si contamos la historia completa, el dominio es abrumador. Fue Perón quién le dio status provincial en 1953 – y le regaló varias bancas en el senado, desde su incorporación inicial. La relación entre jerarquías rígidas y pobreza constante es abismal. El asistencialismo y el uso de la dádiva para evitar el empoderamiento de la víctima son aspectos notablemente comunes entre el jesuitismo y el justicialismo.

El liberalismo y el socialismo son los únicos pensamientos económicos puros en los cuales se debate el Hombre – y ambos luchan contra el Poder. El primero, identifica el poder en lo político, y va contra eso. El segundo, en lo económico, y va contra eso. Cuál creamos que es el Poder más fuerte nosotros mismos, será lo que determine en qué lugar nos paramos de esta batalla cultural.

El atardecer en Misiones es tan distinto que en cualquier otro lado. Si hay algo que me llamó la atención desde el primer día, son los cantos de las miles de aves diferentes que se empiezan a escuchar desde alrededor de las 6 de la tarde en adelante. Cuando los escuché el primer día, comprendí cabalmente (y me enamoré nuevamente de) el cuento del Yaciyateré, del genial Horacio Quiroga – el Edgar Alan Poe latinoamericano. La casa del escritor uruguayo está cerca de las ruinas y es un lugar que todo amante de sus cuentos debería conocer.

Historias de pueblo contadas en el lobby del hotel: un hombre que murió y en el último instante agradeció al nombre de mujer equivocado. Me viene el recuerdo del momento en que se fue para siempre mi abuelo, en la blanca habitación del hospital de General Lamadrid; recuerdo que nos pidió a mi mamá y a mí (que estábamos solos allí) que nos aseguráramos de que el camión estaba tapado – el camión que había vendido 30 años atrás. Eso me quedó grabado; la sensación de la muerte inminente y el refugio de la menta en los años y los momentos y las cosas que nos hicieron más felices en nuestra vida. Me pregunto qué diré yo antes de morir.

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En las ruinas, decido no pagar un guía – prefiero leer los informes que se erigen por doquier y caminar libre. En los fondos, me encuentro con un fulano, que quién sabe qué hacía por ahí. Hablamos; me cuenta que estaba en Nación y ahora con el ajuste de Milei, se quedó sin trabajo (SIC). Pero, por suerte, ahora está en el Municipio (también textual). “Antes era guía turístico acá” me explica, y me muestra dos lugares: una columna jesuita que se la tragó un árbol y un círculo dibujado en el piso. Todo, a escondidas de la visita oficial – se ve que lo han reprendido varias veces. Es simpático y sabe de lo que habla, como quien lo ha repetido muchas veces. Está transpirado (el calor es igual para todos, veo, parroquianos incluidos), viste remera muy gastada y pantalones bermudas. Le agradezco con una propina y se va contento.

Hugo le dice a los bolivianos “bolitas” pero a los paraguayos, paraguayos, y a los nacidos en Brasil, brasileños. Y me dice que a los aborígenes no se les puede decir nada, ni mu, porque están sobreprotegidos. Que está mal decirles cualquier cosa o que nos escuchen con un término peyorativo referirnos a ellos: por más ofensa que nos hayan hecho o mentecatez que hayamos dicho. Nada; curiosidades del día a día y de estas charlas oportunas.

A la salida de las ruinas, le compro un libro sobre historia local a un estudiante de la Universidad Nacional de Misiones. Leeré en el viaje de vuelta a Puerto Iguazú:

 “Los indios guaraníes, de la familia Tupí-Guaraní, provenientes del Amazonas, llegaron a lo que es hoy territorio misionero hacia el año 1000. En su mítica búsqueda de la “tierra sin mal” fueron asentándose a la vera de ríos y arroyos. Desplazaron a pequeños grupos aislados que poblaban este territorio prácticamente inhabitado e hicieron lo mismo con grupos más importantes, como los guayaquíes y kaingang.

Los guaraníes eran guerreros, cazadores y recolectores. Se llamaban a sí mismos “avá”, que significa “hombre”. Pero también poseían grandes habilidades artísticas y una tradición agrícola. Compartían una misma lengua y afianzaban sus comunidades a través de lazos de parentesco. A la llegada de los españoles, los guaraníes ocupaban buena parte de la Cuenca del Plata, un inmenso territorio definido por los ríos Paraná, Paraguay y Uruguay con sus afluentes.

Los conquistadores españoles comenzaron a explorar la Cuenca del Plata luego de la fundación de Buenos Aires (1536) y Asunción (1537). Uno de ellos, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, partió de la costa brasileña hacia la ciudad de Asunción, tomó contacto con numerosos grupos guaraníes y se encontró con la maravilla de las Cataratas del Iguazú (1542).

En los primeros tiempos, las relaciones entre españoles y guaraníes fueron relativamente cordiales, pero las ambiciones de los españoles condujeron al abuso y a la dominación a través de lo que se llamó la “encomienda”. Este sistema creado por la corona española otorgaba tierras e indígenas a españoles que se convirtieron en amos y señores de la vida de sus “encomendados”.

La llegada de los jesuitas provocaría diversos conflictos. Los padres de la Compañía de Jesús, fundada por Ignacio de Loyola en 1539, se instalaron en un ámbito geográfico de tensión política entre dos imperios coloniales de la época: España y Portugal. Los más de 200 años de permanencia en la región de los guaraníes estuvieron marcados por las presiones y agresiones de ambos bandos. La huella de aquellos años imprimiría para siempre una fuerte identidad en la región. Las misiones conformaron una experiencia singular en esta parte de América y dejaron muchos testimonios que se manifiestan en las ruinas de sus pueblos y permanecen en valores, mitos y leyendas.

Luego de la expulsión de los Jesuitas por parte del Rey Carlos III, en 1767, y con la creación del Virreinato del Río de la Plata se conformaron las gobernaciones e intendencias, esta región pasó a depender de Asunción.

La Revolución de Mayo de 1810 potenció los combates sobre el territorio de Misiones, que se disputaron paraguayos, portugueses e independentistas. Andresito, hijo adoptivo de Artigas, quien fuera nombrado gobernador por su padre, evitó junto a sus fuerzas guaraníes la incorporación de Misiones como posesión portuguesa.

Años más tarde, el Sur de Misiones estuvo ocupado por paraguayos, correntinos y brasileros. Luego de la Guerra de la Triple Alianza (1865-70) quedaron definidos los límites de la provincia. En 1881, Misiones fue declarada Territorio Nacional y su gobernador fijó la capital en Corpus, primero, y, definitivamente, en Posadas. A fines del siglo XIX se iniciaron las diferentes olas inmigratorias europeas. En 1953, Misiones obtuvo sus status de provincia.”

En el hotel, todas las dudas sobre la identidad de los lugareños se va con sólo mirar la TV del comedor: siempre artistas argentinos, de estas nuevas camadas: Lali Espósito, María Becerra, Luckra, Abel Pintos y varios más. A los brasileños, yankees y europeos (porque hay de todos lados) les encanta. Mientras escucho las músicas modernas pienso en Borges (el Liberal más grande de nuestra Historia) y su ensayo del escritor argentino y la tradición, y la reflexión acerca del Profeta, el Corán y la no necesidad de mencionar a los camellos para ser árabe. Maravilloso.

Visito, uno de estos días, GüiráOga (“la casa de los pájaros”), y me conmuevo con las historias de bestias trasportadas en el tráfico de animales, envueltas en camperas en Ezeiza o mutiladas por sus dueños que las sometieron para mascotismo. Mis creencias más anarquistas, de las que tanto se hablan en el país en estos tiempos, se ven cuestionadas ferozmente.

El último día de mi viaje tengo pensado pasar a Paraguay y Brasil a intentar comprar algo barato, ya que me lo han estado “vendiendo” desde hace meses, cuando mencioné en Tandil que vendría por estos lares. “En Paraguay la tecnología está barata” me habían dicho. No hubo forma de cruzar la frontera sin tener que aguardar en cola de autos menos de 2 horas. Pero no de argentinos que van, sino brasileños que inundan todos los rincones. El tráfico de la Triple Frontera se cuenta en 30 millones de personas al año. Paraguayos que compran servicios públicos barato en Argentina, argentinos que compran tecnología barata en Paraguay, brasileños que consumen todo lo que pueden, cuando quieren. Pasamos de ser el país del “demo dos” al de “vendemos todo barato”, en unos 20 años, o un poco más.

Desisto de cruzar. Prefiero usar el tiempo (perder el tiempo) con otras cosas. Del lado argentino obvio. Acá mis pesos valen, al menos algo. Y, de todas maneras, ya varios se ofrecieron estos días a conseguirme cosas baratas en Ciudad del Este y enviármelas a casa. Porque aquí todos son revendedores, claro. Cuando pongo el televisor en el hotel escucho que uno de los puntos que más se discute del DNU de Milei es sobre poder ingresar compras hechas en el exterior sin declaraciones exiguas ni impuestos. Pienso en cada uno de esos “amigos” que se ofrecieron a comprar y enviarme cosas. Pienso en cuántos negocios – grandes y chicos, cambiarán o terminarán una vez que se ponga a correr el decreto…

Me sorprende la cantidad de coches de lujo que se ven en estos lugares. Muchas veces manejados por jóvenes que no llegan a los 25. Me pregunto cuál negocio funcionará tan bien como para que tengan y mantengan este estilo de vida.

Es hora de volver a casa, despedirse de la selva y la yunga, y retornar al llano. El aeropuerto de Iguazú, para variar, está repleto de coches de brasileños que dejaron su automóvil allí mientras aprovechan los vuelos de cabotaje baratos hacia San Carlos de Bariloche. Volar de día me permite ver los cientos de canales y ríos en los que estuve moviéndome estos días, con mayor claridad. Aeroparque, recuperar el coche propio, y volver a casa por ruta 3, la eterna e inmodificable ruta 3.

El castillo de Cañuelas, regresando a casa. En el edificio en donde funcionó el icónico restaurant de la década de los ’90, sigue estando la pared pintada con el enorme número que representa el precio del tenedor libre: $3,50.

Llego a Tandil, vuelvo, después de varios días, que se hicieron largos. Ahora que estoy aquí vuelvo a tener esa sensación de que mi ciudad (pero esto lo veo en toda la provincia y Ciudad de Buenos Aires también) está continuamente mirándose el ombligo. Nos interesan sólo nuestros temas – y son, a veces, tan pequeños al lado de otros.

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