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El verano del año 2060, en un lugar recóndito de África, un hombre que nunca supimos su nombre comió un pedazo de carne de gallina mal cocido y enfermó.  Contrajo un virus nuevo, que se adaptó pronto al cuerpo humano. El virus comenzó a esparcirse, y lo hizo muy rápido. En unos días ese rincón del continente negro tenía centenares de casos de contagio. En meses, todo el mundo contabilizaba casos de la nueva enfermedad.

La humanidad toda comenzó una lucha sin cuartel contra este virus que se contagiaba tan fácilmente; mientras se desarrollaba una vacuna científica, el mundo entendió que lo mejor era que cada ser humano sobre la tierra se quedara en su metro cuadrado que denominamos casa y no saliese a interactuar en los lugares sociales. Esta cuarentena resultó muy efectiva; más allá de ciertos problemas de tipo económico o político, la salud de la población mundial se mantuvo a flote y se ganó la lucha contra el virus. Por suerte para nosotros, en aquél momento contamos con tecnologías desarrolladas que nos ayudaron a mantener conversaciones con nuestros pares, a trabajar para producir, a seguir estando al tanto de los que nos pasa a todos.

Lo curioso es que nunca antes habíamos sido conscientes de los peligros a los que habíamos estado expuestos antes; y cómo este suceso nos enseñó tantas cosas.  Durante aquel aislamiento forzado nos conocimos mejor. Los psicólogos mostraron al mundo como en la quietud del encierro los seres humanos indagamos dentro nuestro y evolucionamos como individuo; dimos gracias a Dios que existen los psicólogos. Los científicos nos enseñaron que el conocimiento es lo que hace construir una civilización; dimos gracias a Dios por los científicos. Los políticos nos mostraron que si no existiera un Estado que nos cuide como un padre de nosotros mismos, no podríamos vivir; dimos gracias a Dios por los políticos. Los filósofos, sociólogos y tecnólogos gritaron que era momento de hacer las cosas de manera distinta, que debíamos evolucionar hacia nuevos paradigmas en nuestra manera de vivir; dimos gracias a Dios por ellos también.

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Con el tiempo, encontramos la vacuna contra ese virus; de a poco, empezamos a salir del encierro que nuestros líderes dispusieron para nosotros. Despacio, muy despacio, quienes debían salir sí o sí para producir bienes o servicios que necesitábamos pudieron hacerlo; otra gran parte de la población siguió en su aislamiento, haciendo lo necesario para vivir con la tecnología que (gracias a Dios la teníamos) nos lo permitía. Luego de aquella experiencia, no volvimos a ser los mismos, salimos mejores: éramos conscientes del riesgo de toser, estornudar, incluso del reflujo de cuando hablamos, qué tan peligroso puede ser. Muchos decidimos por voluntad propia continuar quedándonos en casa, trabajar desde casa, sólo en contacto con nuestros compañeros de vivienda (siempre con un metro de distancia). Quienes decidían salir, lo hacían tapándose sus bocas, manteniendo las distancias sugeridas. Ciertos rasgos bárbaros que conservábamos (como darse las manos al saludar, o lo que llamábamos “abrazar”) los dejamos atrás. Aprendimos a cuidar a nuestros adultos mayores; entendimos que con esas conductas que parecían afectuosas en realidad los estábamos exponiendo todo el tiempo a incontables peligros: pero ahora sí los estábamos cuidando, manteniéndolos a salvo en sus casas, llevándoles comida y pasándosela por debajo de las puertas. Los libertinos, antes de embarcarse en una aventura sexual de ocasión, preguntaban sobre los hábitos de higiene de la/s otra/s personas. Reemplazamos el deporte mundial (¿cómo no lo veíamos antes, los riesgos de encerrar miles de seres humanos en un recinto, con sus gérmenes y sus virus y su suciedad?), otra conducta bárbara que dejamos en nuestra evolución, por fascinantes juegos de consola en línea que asistíamos los domingos a la tarde desde la comodidad de nuestros sillones.

Pero había aún muchas cosas que requerían que saliéramos de los lugares seguros; que requerían de la mano de obra humana para funcionar. Desarrollamos entonces robots y complejos sistemas de software para que no fuera necesario que nadie en ningún lugar del planeta tuviese que salir de su casa y aventurarse en el peligrosísimo mundo exterior, donde en cualquier momento alguna variable de la naturaleza podía cambiar y amenazar con aniquilarnos a todos.

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En diciembre de 2062 la situación estaba controlada.  Todo ser humano sobre la tierra tenía una casa, con una habitación para cada habitante,  conexión a la red global y todas las herramientas necesarias para vivir, comer y dormir sin salir de allí. La naturaleza estaba dominada; el hombre había vencido una vez más. Aquella navidad se organizó un festejo mundial por videoconferencia, donde todos alzamos las copas desde nuestra habitación otorgada por el Gobierno y brindamos por el éxito de nuestro nuevo, maravilloso, seguro estilo de vida.

Hoy, dos años después, honro esas memorias escribiendo estas palabras. Soy un ciudadano responsable, no he salido de mi habitación en este tiempo; eso permite que los seres que amo puedan vivir libre de riesgos. Hablo con mi esposa y mis hijos virtualmente todo el tiempo, una vez por día con mis padres, una vez por semana con mis amigos (aunque ya no estoy tan interesado en estas reuniones periódicas).

Algunos salvajes salen cada tanto, los veo desde la cámara a exteriores de mi casa, pero quienes más veo son animales silvestres de esos que tanto proliferan desde nuestro encierro. Ahora mismo, veo que hay dos pequeños zorros en mi patio, dos zorritos colorados, muy bonitos, como los que solía ver cuando era niño e iba a cazar al campo con mi papá. Juguetean en el lodo, un charco de barro poco profundo que se armó anoche con la lluvia; el sol se refleja en sus caritas sonrientes mientras se lamen y simulan golpearse con sus patitas. Desde mi segura y confortable visión pienso en ellos: pobres animales, pobres tontas bestias, pobres e inconscientes bestias.

 

Luciano Benegas

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