Nuestra compañera de Enfoque de Negocios, Silvina Fiszer, se encontraba en Estados Unidos cuando la pandemia escaló en Argentina y se tomaron las medidas drásticas para aquellos que están en el exterior. Aún sin poder volver, nos envía una crónica de cómo se está viviendo el no poder regresar a casa.

Un viaje a Estados Unidos, una enfermedad declarada pandemia, una reacción a nivel mundial inédita y un par de certezas para los argentinos que estamos en el exterior: es casi imposible comunicarse con las aerolíneas -tanto las comerciales como la de bandera-, el regreso es una incertidumbre y todo puede cambiar de un momento a otro. 

Martes 9 de marzo. 5 nuevos casos. 17 casos totales. 1 muerto.

“Al momento, Argentina no registra transmisión comunitaria del nuevo Coronavirus SARS-Cov-2”. Así comenzaba el reporte diario del Ministerio de Salud Pública con las novedades del Nuevo Coronavirus (COVID-19). Para los argentinos en el exterior, sugería a quienes volvieran de zonas de riesgo realizar una cuarentena. “Las recomendaciones son dinámicas y en función de la evolución de la situación local y global”, completaba. Estados Unidos no figuraba en la lista de países con riesgo.

Cuando salí desde Ezeiza con destino a Miami no había restricciones para entrar o salir del país. Y aunque el tono catástrofe se había adueñado de las noticias provenientes de Asia y Europa, faltaban todavía dos días para que la OMS declarara al Coronavirus como Pandemia. Con los recaudos necesarios, Estados Unidos no parecía un destino peligroso. Sin embargo, mi vuelo de regreso, con fecha el 25 de marzo, se convirtió pocos días después en la bendita zanahoria del conejo. 

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Viernes 13 de marzo. Argentina. 3 nuevos casos. 34 en total. 2 muertos. 

“A partir del martes 17 de marzo solo Aerolíneas Argentinas podrá repatriar argentinos de las zonas afectadas por el coronavirus”, anunció el presidente Alberto Fernández en una conferencia de prensa el 12. Al día siguiente fue publicado en el boletín oficial: la cancelación de la llegada de los vuelos provenientes de Europa, Estados Unidos, China, Corea del Sur, Japón e Irán por un plazo de 30 días. 

La noticia, si bien afectaba mi regreso, pasó sin mayores sobresaltos: se anunció que la línea de bandera llevaría a los argentinos de vuelta a casa y las compañías aéreas -al menos Latam, la encargada de llevarme esta vez a Buenos Aires- informaron que los pasajeros afectados tenían asegurada su vuelta por medio de vuelos con escala en Brasil, Chile o Perú. Intenté, para reprogramar, comunicarme con Latam. Imposible. “Debido a la alta demanda de llamadas al Contact Center, estamos priorizando la atención de los pasajeros que vuelan en las próximas 48 horas”, publicó la empresa en Twitter. Mañana sera otro día. 

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Lunes 16 de marzo. 9 nuevos casos, 65 en total. 2 muertos. 

“Nadie podrá ingresar al país salvo los argentinos nativos y los residentes de la Argentina. Esto es exclusivamente para quienes quieren entrar”. La noche del domingo fue una noche atípica: en conferencia de prensa, el presidente adelantaba lo que un día después se oficializó consecuencia del avance del virus: Argentina cerró sus fronteras por un plazo, al menos, de 15 días. 

Decidí ir por todos los frentes. Con la obligación de cumplir la cuarentena, intenté adelantar mi vuelo y regresar con mi marido el 19 vía San Pablo. Era el mejor plan: volveríamos a Tandil en auto y nos encerraríamos juntos. Para ese entonces, ya había registrado nuestros datos en la página de Cancillería y me había puesto en contacto con el Consulado argentino en Miami. Incluso, el agregado para Asuntos Administrativos, Christian Rodriguez, devolvió el mensaje, me aseguro que estaban trabajando para que todos los argentinos varados pudieran volver y me pidió que me informe solamente por medios oficiales. Fue la última respuesta oficial que tuve. 

LATAM y Aerolíneas Argentinas tampoco atendieron mis llamadas, mail ni mensajes directos por Twitter. Decidimos, como recomendaba la página de Cancillería, ir a la oficina de Latam, que en Miami está en el aeropuerto. Una larga fila de pasajeros, una espera de más de cuatro horas y un oficial que nos dijo que esperar era en vano porque no había certidumbre sobre las decisiones de Brasil con respecto a su frontera nos mandaron de regreso. La incertidumbre, para ese entonces, comenzó a hacerse más densa. 

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Jueves 19 de marzo. 31 nuevos casos. 128 en total. 3 muertos. 

Aislamiento social, preventivo y obligatorio. El anuncio de Fernández se convirtió en decreto 24 horas después. La medida, pensada hasta por lo menos el 31 de marzo, no tiene precedentes en el país. Para poder llevar de regreso a los argentinos varados en el exterior, unos 23 mil según anunciaron las propias autoridades, el Gobierno decidió permitir el ingreso de las Aerolíneas comerciales. Solo pueden volver nativos y residentes. No hay restricciones para salir. Como Perú, Uruguay, Argentina, Paraguay y Colombia, Brasil analiza cerrar sus fronteras. Las posibilidades de volar con escala son cada vez menos. 

Aunque no había podido reprogramar mi vuelo, fuimos todos juntos al aeropuerto para intentar conseguir un lugar en el avión en el que iba a volver mi marido. La esperanza duró muy poco: el vuelo estaba sobrevendido. Sobraban alrededor de 70 pasajeros. Insistimos dos horas después. Nada. Salí del aeropuerto, un lugar de alto riesgo, y decidí volver a intentar de forma virtual. Llego un mensaje de LATAM: “Lamentamos la modificación de ruta de su vuelo a Ezeiza el 26/03/2020. Para obtener más información, llame a su agencia de viajes”. Con el código de reserva, busque confirmar el nuevo trayecto: efectivamente el itinerario había cambiado, pero el destino final era San Pablo. La sensación de estar viviendo dentro de una tipica pelicula yanky de cine catástrofe ya no parece tan extraña. 

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Viernes 20 de marzo. 30 nuevos casos. 158 en total. 4 muertos.

Según la OMS, Argentina se encuentra en el puesto 58 de países con mayor cantidad de infectados. El aislamiento obligatorio ya está en marcha. Las políticas de ingreso al país no variaron, pero se comienza a analizar la situación de los que llegan del exterior y viven en el interior del país. “El ministro de Transporte de la Nación, Mario Meoni, instruyó a la ANAC a coordinar el regreso a sus hogares de argentinos actualmente en distintos países (…). Los pasajeros que vivan en el interior del país y arriben al Aeropuerto Internacional de Ezeiza, podrán ser buscados por sus familiares en autos particulares y a su vez habrá micros y combis que los trasladarán a sus respectivas ciudades y provincias”, publicó el Gobierno en su portal Argentina.gob.ar.

Sin novedades de LATAM, Avantrip, la agencia donde compramos el pasaje, respondió mi mensaje de Twitter y pidió mas datos de mi regreso. En su respuesta automática prometen celeridad: nuestro vuelo fue cancelado y la fecha está cada vez más próxima. La idea es esperar hasta el lunes y volver a intentar también con Latam. Todavía, y pese a las buenas intenciones que expresan las respuestas privadas y los comunicados oficiales, estoy parada en el mismo lugar en el que estaba cuando todo esto empezó. Mientras, la zanahoria, sin rumbo ni orientación definida, no deja de moverse.

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