Por Silvina Fiszer

Docente, directora y dramaturga, cuando junto con Marcela Juárez fundó hace 24 años El Club del Teatro se convirtió también en empresaria. En una charla con ENE, habló de sus inicios, del espíritu del lugar, y de cómo fue se convirtió en una mujer empresaria.

Hace 24 años fundó, junto a Marcela Juárez, El Club del Teatro, hoy una referencia obligada de la vida cultural del Tandil. A su rol de docente de literatura le sumó la labor compartida de empresaria, levantó un espacio de enseñanza en donde logró que la consigna mayor sea sentirse parte. Luego, ofreció espectáculos de todo tipo. Alejandra Casanova se mueve naturalmente entre el aula y los trámites burocráticos, entre el desafío diario de mantener una sala teatral y la necesidad de cortar boletos cuando hace falta, entre la dirección de actores y el detrás de escena, donde se la puede ver, con la misma dedicación, en vestuario cosiendo un botón o detrás de la consola de las luces en alguna función. En la previa al Mayo Teatral, durante un alto en su día, Alejandra charló con ENE sobre los inicios de El Club, su actualidad, el rol de mujer empresaria y esa capacidad tan femenina de siempre sostener y seguir adelante.

 

“¿Y si abrimos un espacio propio?”

Antes de convertirse en referentes teatrales, Alejandra y Marcela eran profesoras de Literatura y Música. Compañeras de trabajo, comenzaron a generar proyectos relacionados al teatro en ese espacio que, poco tiempo después, cerró sus puertas. Con el alma de docente intacta, una combinación interesante de saberes y las ganas de seguir, decidieron -¿por qué no?- abrir su propio espacio. La aventura de El Club del Teatro, primero como escuela y luego también como sala, comenzó hace 24 años en el centro de una manzana a la que se llegaba después de atravesar un largo y angosto pasillo.

-Fueron dos mujeres que se lanzaron a crear su propio espacio, algo poco común en esa época.

-Sí, fue raro, pero enseguida sentimos que éramos confiables, quizá por haber trabajado en un colegio o por tener mucha experiencia con chicos. Enseguida empezamos a sentir que nos dejaban a los chicos, que confiaban, ¡y eso que empezamos en un lugar que era medio under! Tenías que atravesar un pasillo laaaargo para llegar a El Club. Estuvimos meses trabajando ahí…

-¿Trabajaban con chicos de qué edades?

-Nosotros abrimos para todos. Empezamos a dar clases más que nada a amigos, parientes y amigos de amigos. Arrancamos con grupitos chicos. Nunca hicimos una publicidad, así que se comenzó a conocer por el boca a boca. Al segundo año duplicamos la gente, y así. Siempre fuimos creciendo, aunque teníamos un techo. Fue algo que hasta a nosotras nos sorprendió. Excedió no sé si a nuestros sueños pero definitivamente a la expectativa que teníamos.

-¿Cómo surgió la idea de agregar una sala?

-Empezamos con las clases y un día dijimos: “¿Y si tiramos esta pared y hacemos una salita chiquitita?”. Tiramos las paredes, colocamos unas luces y nos pusimos a hacer funciones de lo que hacíamos ahí para 30 personas. ¡Y se llenaba! Después dijimos ¿y si tiramos esta otra pared para que sea un poquito más grande? Quedó una salita de cincuenta y pico. Ahí vimos cómo venía la cosa. Luego empezamos a incorporar profesores, porque nosotras no dábamos abasto.

-¿Cómo recordás esos primeros años?

-Fueron años muy productivos, de mucha creatividad, de sentarnos horas y discutir, y ponernos de acuerdo. Así nació y así creció El Club del Teatro, gracias a una idea de dos mujeres que yo creo que se mantuvo y se mantiene. Las mujeres tenemos eso de mantener, de contener. No me preguntes cómo. Ante cualquier derrumbe la mujer tiene eso, se puede sostener. Se para distinto, es algo natural. Como sostenés a la familia, sostenés el resto. Y con El Club fue igual. Nosotras tuvimos un momento de mucha crisis cuando los dueños de ese primer lugar nos dijeron “esto lo vamos a vender y vamos a poner un estacionamiento”. “¿Eh? ¿Dónde trasladamos?”, pensamos. Sin embargo, más allá de todo lo que pasamos en esa época, nunca dudamos de que El Club no se iba a cerrar. Dijimos “El Club no es un edificio, El Club del Teatro somos nosotros”. Ahí aprendimos a gestionar.

Un espacio independiente.

El Club del Teatro nació de las ganas de dos mujeres decididas y se convirtió, con el paso del tiempo, en un referente indiscutido de la cultura local. De carácter independiente, fue construido a fuerza de trabajo y pasión, logró crear una impronta propia y se convirtió en uno de los principales trampolines de las producciones locales al gran público. Al 315 de la calle Chacabuco, durante las noches de espectáculos, la luz del teatro ilumina un poquito también la ciudad.

De Rodríguez se mudaron a Chacabuco, un espacio absolutamente céntrico.

-Sí, eso también fue una estrategia. De Rodríguez al 500, al fondo, pasamos a esta vidriera, y eso atrajo al público. La gente, turista o no, entra y pregunta: “¿Qué hay este fin de semana?”. Eso antes no existía: los tandilenses iban a ver los espectáculos que venían de Buenos Aires. Ahora viene gente sola, turistas, parejas y jóvenes a ver que hay. Y si no hay lugar en la sala de abajo preguntan “¿qué están dando arriba?”. Y así. Eso hace diez años no se veía en la ciudad. Y cambió más durante los últimos cinco.

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-¿Que hace a este lugar único?

“Sentirse parte de”. La gente no viene a tomar una clase, “es parte de El Club del Teatro”. Pasas como en cualquier club y te tomás un mate, te encontrás con otro grupo o con alguien para charlar. Tiene ese costado de la sociabilidad, de la pertenencia. La gente que va a hacer teatro, salvo un porcentaje muy chiquito, no se dedica a eso, no trabajan de actores. Hay un porcentaje que tiene cursos avanzados, pero la gran mayoría sale de laburar y va al teatro como quien va al gimnasio. Eso está bueno.

-Además de gestionar el espacio sos directora, actuás, hay más artistas en la familia… ¿Se retroalimentan?

-Sí. Y además hacemos de todo. Yo creo que eso es fundamental. No es que solamente te ven en la parte administrativa y rodeada de burocracia y papeles. Yo puedo un día estar en la cabina, haciendo la técnica de una función, al otro día en el vestuario, ordenando la ropa porque es un despelote, y después en la boletería porque la chica no fue. Nosotros hacemos todo, y eso es teatro independiente. Por eso no queremos pertenecer a ninguna institución. Sería otra cosa. Para teatro oficial está el Teatro del Fuerte, La Confraternidad… El teatro independiente tiene esto, el hacer, el sentirse parte. Va por otro camino va. Eso es lo que siempre hizo El Club del Teatro.

-¿Creés que supieron generar un espacio con una impronta propia?

-Creo que sí. Hay algo que me parece que puedo reconocer ahora, después de mucho tiempo, y es que nosotros generamos un público que no había en Tandil. Es decir, empezó a ir al teatro gente que nunca hubiera ido. Si bien es cierto que siempre hay un círculo que es más cultural y accede a todo este tipo de cosas, en Tandil no era así. Fue una construcción, se generó un público que no existía. Doy un ejemplo. Marcela dirige hace ya unos años “Nada que ver”, una obra donde no ves nada. Todos los años se reestrena y todos los años se llena. Y la mayoría es gente joven, un público que no estaba captado. En El Club podés ver esto, una obra popular, un infantil… y todas conviven perfectamente. La idea es permitirle a cada uno que desarrolle su creatividad. Si vas a la mañana, que no hay clases, hay gente ensayando por todos lados escenas absolutamente distintas. Convivir y respetar lo que hace el otro también tiene que ver con que seamos un teatro independiente.

Un año de reconocimientos.

El 2017 no fue un año más. Gracias a un subsidio del Instituto Nacional de Teatro, al cual accedieron luego de presentar un proyecto y quedar en segundo lugar en orden de mérito en todo el país, Marcela y Alejandra pusieron la firma y compraron una antigua casona en Marconi al 1300. Además, a nivel local, ganaron en la categoría de “Profesional Empresaria” de los Premios Mujeres y Jóvenes Empresarias 2017 que otorgó la Cámara Empresaria de Tandil y la Federación Económica de la Provincia de Buenos Aires (FEBA) y se publicó “Club de Teatro 20 años, 1996-2016. Un espacio de sociabilidad y formación teatral en Tandil”, del investigador Luciano Barandiarán.

 -¿Cómo vivieron la compra de la nueva casa?

-¡Con mucha satisfacción! Que el Instituto Nacional del Teatro, entre todos los que se presentaron en el país, nos eligiera en segundo lugar fue muy gratificante. No lo podíamos creer. También lo vivimos con mucho sacrificio porque el subsidio era del 75 por ciento y nosotras pusimos el resto. Pero todo bárbaro.

-Tanto vos como Marcela pasaron de la docencia, un rol en aquella época muy ligado a la mujer, a ser empresarias, un rol eminentemente masculino en ese momento. ¿Cómo fue ese salto?

-Cuando el año pasado para ese reconocimiento tan lindo que nos hizo la Cámara Empresaria me llamó Alejandra Malisia yo le dije: “Te agradezco enormemente pero nosotras no entramos en estos rubros”. “¿Por qué?” me respondió. “Porque en realidad creo que una empresa tiene otros objetivos, otra obtención de ganancias, nosotras estamos en otra…”, le expliqué, y entonces me dijo: “Sí, ustedes entran en la categoría Mujeres Profesionales Empresarias porque hicieron de la profesión una empresa”. “Ah, bueno, por ese lado…” (risas). Fue muy lindo ese reconocimiento. El año pasado fue un año muy especial en ese tipo de cosas. A veces uno no es tan consciente cuando está haciendo. No sé, no es que no te lo imaginás, pero es como que las cosas se van sumando y vos seguís… yo sigo dando clases de teatro, dirigiendo teatro, actuó cuando un proyecto me encanta. Yo sigo eso. No es que me paré en otro lugar y digo “bueno, ahora tengo una oficina”.

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-¿Fue difícil construirse como empresarias siendo mujeres? ¿Qué obstáculos encontraron?

-Nunca lo vi como un obstáculo. No sé por qué. Marcela tampoco. Yo creo que nuestro costado femenino nos ayudó. Sí, es verdad, es un mundo donde predominan los hombres en todo este tipo de funciones, pero nunca sentí la diferencia. ¿Será por cómo una se paró frente a cada situación? No sé…

-Dividir el tiempo entre los hijos, la casa, la familia y el trabajo, ¿no fue más difícil?

Sí, en ese sentido es mucho más sacrificado. Yo tenía los dos chicos chiquitos y sí, era terrible. Mis chicos hay obras que se las sabían de memoria porque yo iba a ensayar y ellos se quedaban ahí y escuchaban los textos enteros… Hoy mi hija, Sofía, trabaja conmigo. Nos ha dado una mano increíble, está en la organización de las carteleras de la sala, todo lo que tiene que ver con lo administrativo. Hay un montón de tareas que le podemos trasladar. Y pasa lo mismo con la hija más grande de Marcela que se dedica al teatro. Catalina es dramaturga y también escribe, es excelente.

-Les siguieron los pasos dos mujeres.

-Sí, y mi hijo, Fermín, que si bien no está en esto nos ayuda en todo lo que tiene que ver con lo legal porque es abogado. No hizo teatro pero es muy lector, muy intelectual y desarrolló eso por otro lado. Contamos además con mi familia, mi hermana, mi hermano, los padres de Marcela… a nivel familiar tenemos muchísimo apoyo, cada uno en lo que hace, obvio.

-¿Siempre supieron lo que querían en relación al Club del Teatro?

Sí, y creo que esa es la clave. Te puede ir un año bien, te pueden querer correr para aquel lado, pero donde te ven que sabés dónde estás parada, que no es tan sencillo correrte de lugar, te escuchan.

¿Qué pensás de la movida que están generando las mujeres empresarias, de este nuevo espacio que tiene la Cámara, del lugar que está ganando la mujer?

-Creo que es muy positivo que se valore a la mujer por lo que es, por lo que hace. La Cámara, otras agrupaciones, lo que fuera… todo ayuda a que se visibilice más la tarea de la mujer, se respete más. Me parece que la mujer está encontrando espacios donde se la escucha, donde puede decir lo que hace. El año pasado cuando ganamos a nivel local y pasamos al nivel provincial fuimos a Buenos Aires. En la ceremonia pasaron videos de cada una de nosotras, y veías esas mujeres, las cosas que hacen, qué son capaces de hacer… todas cosas que por ahí se desconocen. Más en un mundo donde es difícil. Sí creo, sin ninguna duda, que la mujer puede ocupar cualquier rol que se proponga.

-Sos parte de un grupo de mujeres de Tandil a las que se las reconoce por su trayectoria en el mundo empresario. ¿Sentís que le allanaron el camino a las nuevas generaciones?

-Quizá pase eso. No lo hacés en realidad con esa idea pero si lo que hice o por donde voy le sirve a alguna que viene atrás, perfecto. Más allá de los errores, porque uno aprende con el error. Ese es otro de los espíritus de El Club, no hay nada que este mal. Obviamente nadie nace sabiendo ni a ser madre, ni a ser empresaria, ni a ser nada. Hoy se ve mucho el temor a fracasar, a no ser buena madre, a no ser buena mujer… Hay que relajarse, porque la única manera de aprender es equivocándose. Si te sale todo divino, el primer día que te equivocas en algo es una terrible frustración.

Ustedes cuando arrancaron no lo pensaron ni miraron alrededor para ver si había mujeres gestionando teatros.

¡No! Fue un entusiasmo de la juventud, una pasión, y fue saber a dónde queríamos ir. Después de ahí vino la siguiente etapa. Pero no es que nos sentamos a planificar una empresa: las dos teníamos otros trabajos, vivíamos de otra cosa, así que no entró por ahí. Si alguien del camino que uno está haciendo dice “mira que bueno rescatar eso”, esta bárbaro, pero a lo que hagas ponele tu pasión, en esto no hay vuelta. Así lo hicimos y así funcionó. Ese es el camino.

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