La irrupción en el mercado financiero de monedas virtuales con altas cotizaciones y las discusiones políticas domésticas sobre cuestiones vinculadas al tipo de cambio son algunos de los motivos que hacen necesario revisar conceptos que tienen que ver con el sistema monetario actual, el respaldo del dinero circulante y otras cuestiones técnicas. Enfoque de Negocios, en esta nota especial, dialogó con el economista Daniel Hoyos quien nos brindó un interesante repaso histórico sobre estos conceptos.

En las primeras etapas del comercio humano, las transacciones se realizaban por el denominado método de “cambio directo”, donde las mercancías eran intercambiadas por otro bien que podía ser, de acuerdo a la región y la cultura, ganado, metales preciosos, rocas, sal (que era muy valiosa, y de lo cual se desprende el uso de la palabra “salario”). El problema principal era que no siempre los bienes o servicios involucrados podían ser cambiados por una cantidad exacta de la mercancía involucrada en la contraparte, a lo que se sumaba el problema de encontrar tal contraparte.

Con el tiempo, fueron prevaleciendo para este uso los metales preciosos (por ciertas cualidades como su escasez relativa, su maleabilidad, entre otras), y finalmente, el oro desplazó a la plata como favorito. De esta manera, pasamos de un bien que sólo tenía un mercado para fines industriales a uno que adiciona una demanda como medio de cambio. Y es por eso que cada moneda valía su peso en dicho metal (de aquí también nacen ciertos nombres de monedas actuales, que hacen referencia al pesaje: peso, dólar –que proviene del alemán joachimthaler, luego, thaler – marco o libra).

Luego de las guerras napoleónicas, se estableció formalmente el “patrón oro” que relacionaba la moneda de un país con una determinada cantidad de oro, facilitando las transacciones a nivel global, pues, todas las divisas eran convertibles al metal precioso.

El metal amarrillo se convirtió, entonces, en el centro del sistema monetario internacional, situación que duró hasta la Primera Guerra Mundial, cuando a raíz del colapso de las economías europeas se abandona el criterio, para luego intentar ser restablecido en el período de entreguerras. Luego de la Segunda Guerra Mundial, en los acuerdos de Bretton Woods, el sistema es abandonado definitivamente y se instala un nuevo orden denominado “patrón cambio oro”. En el nuevo esquema, el metal precioso ya no es circulante ni tiene valor en sí mismo como moneda, sino que se erige como referencia monetaria internacional al dólar estadounidense (la economía más fuerte de ese momento, concentrando cerca del 50% del PIB mundial).

En el nuevo método, los bancos centrales de cada país emitían sus divisas de acuerdo al nivel de reservas en oro que poseían como respaldo, convertidas a USD. Hasta que, en agosto de 1971, Estados Unidos toma una decisión histórica y declara que su moneda ya no es convertible a oro, por lo que el dólar flotará de ahora en más de acuerdo a las variaciones del mercado financiero internacional.

En este punto se termina de conformar el sistema monetario mundial actual, donde cada país es soberano de emitir moneda de acuerdo a decisiones económicas propias. En Argentina, sin embargo, se tardó mucho tiempo en despegarse del “anclaje” al dólar. Recién en el año 2012, el Banco Central de la República Argentina reformó su Carta Orgánica, siendo el principal cambio la eliminación definitiva de una normativa heredada de las épocas de la convertibilidad peso-dólar: el mandatorio respaldo en moneda extranjera de cada peso emitido por ese organismo. Desde aquél momento, la cantidad de billetes en circulación en el país obedece a las necesidades de la actividad económica interna, como sucede en la mayoría de los países del mundo.

Actualmente, los modelos de política cambiaria en el mundo se dividen entre sistemas de tipo de cambio fijo y flexible. Estos últimos, a su vez, se clasifican como “limpios” (donde  no hay intervención alguna del banco central del país en el mercado cambiario y se deja flotar libremente la moneda) y los denominados “sucios” (en este caso sí intervienen, con la intención de que el tipo de cambio se mantenga dentro de ciertas bandas).

Bajo un tipo de cambio flexible, la posibilidad de emitir moneda en forma discrecional puede repercutir en los índices de inflación, exhibiendo una desvalorización de la moneda; si el Banco Central emite más allá de una demanda genuina, la misma pierde su función de reserva de valor y la población deja de confiar en ella como medio de ahorro.

Hoy, la confianza es un intangible fundamental en cualquier sistema monetario: es el valor a partir del cual se construyen las divisas más fuertes (como en el caso de las criptomonedas, las cuales sostienen su cotización fundamentalmente por la confianza de los usuarios en las cuestiones tecnológicas detrás de ellas, como el desarrollo del software, su seguridad y su trazabilidad) y la causa del desmoronamiento de las más débiles, de lo cual los argentinos tenemos experiencias y amplios conocimientos adquiridos.

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